viernes, 25 de abril de 2008

Kimonos en la tierra roja, de Rodolfo Walsh

KIMONOS EN LA TIERRA ROJA

Vinieron de lejos con sus tractores y sus canciones.

Nueve años más tarde enfrentan la secular desgracia del campe­sino japonés: no era esta la tierra prometida.

Sobre la tierra roja que se abre muy cerca en perspectivas de selva, las muchachas bailan vestidas con el kimono y el obi multicolores y toca­das con grandes sombreros de paja. El tiempo, el sol y el agua han propiciado la cosecha que las conmovidas voces agradecen al cielo en su canto, mientras las manos miman el movimiento de sembrar.

Las campesinas que en la media luz del crepúsculo reviven las an­tiguas invocaciones mágicas se llaman Yashiko Takeichi, Aíko Kanmuse, Sachiko Kawamura, Yoshiko Kotó, pero sobre el fondo de la fotogra­fía que registra su danza, se recorta sombrío en el cielo un lapacho.

Porque esto no es Japón. Esto es Misiones.

Cuando Pablo Alonso y yo nos vamos esa tarde de Colonia Lu­jan, llevamos la pena de no quedar más tiempo con esa gente maravi­llosa y desdichada. Y en los lugares más imprevistos me asalta la me­lodía del kono ionó haná, desgarrando la tarde; me sonrío con la seriedad imperturbable del niño Sinichi; o dialogo sin palabras posi­bles con la viejita Yatsuda que perdida quién sabe en qué brumas de separación y congoja cose sus paquetes para irse.

Es ya mucho después, traqueteando en un ómnibus por imposi­bles caminos, a la salida o entrada de un pueblo cualquiera, ocres de polvo o amarillos de tedio y fatiga, que oigo a Pablo murmurar entre sueños:

–La princesa.

Y sé sin duda posible que está nombrando a Yukíe, y que la está viendo como yo la veo, quitándose las sandalias para entrar en su cuarto, sus manos pasando los hojas del cuaderno de música o su cara bellísima diciendo palabras que nunca podré comprender.

EL PAÍS DE LA PROMESA

Sobre la ruta 14, a mitad de camino entre Posadas y Puerto Iguazú, se extienden las 3.100 hectáreas compradas en 1957 por el gobierno ja­ponés para radicar noventa familias emigrantes. El pueblo más próxi­mo es Garhuapé, y el centro de influencia Puerto Rico.

La forma en que llegó aquí Shigemori Matonaga resume la for­ma en que llegaron los demás. Campesino en la provincia de Niasaki, era dueño de cuatro hectáreas. Le ofrecieron treinta en la remota Mi­siones. ¿Misiones? Le mostraron películas en colores donde se veían naranjales parejos, suaves colinas cubiertas de pinares, arboledas de tung con sus flores rosadas. Vendió su chacra, pagó la primera cuota de la tierra desconocida que valía dos mil dólares y se vino con su fa­milia de siete personas.

Lo que no le dijeron fue que la mitad de su chacra estaba cubier­ta de monte, que las piedras que afloran en la tierra harían trizas las rejas del arado, que las lluvias arruinarían una y otra vez su cosecha de tabaco.

A Sadehiro Yamato le pintaron un cuadro aún más idílico. En poco tiempo se haría tan rico que tendría un auto negro, y su mujer un auto rojo, y sus hijos un auto verde. Tres años después mira contrito en grabador Hitachi en que va quedando estampada la historia de su desilusión.

–Yo grabador antes tengo –dice–. Vendí. Máquinas de foto, dos tengo, también vendí Radyo, motobizicureta, térra de japonés, todo vende. Este año motor vendo, nada queda.

Había traído sus máquinas, sus vehículos, sus equipos electró­genos. Hoy sólo quedan tres jeeps, un tractor. Los hombres aran la tierra con lentos bueyes, las mujeres acarrean el agua con baldes su­jetos a largas pértigas, lámparas de kerosén parpadean de noche en las casas.

–Todos pensando cómo vivir –dice en la administración este hombre de lentes redondos que enmarcan unos ojos pequeños y oscu­ros donde late una misteriosa alegría–. Colonos muy pobrecitos, si Misiones no ayuda colonia, levanta colonia.

Suso Sekiya ríe brevemente tras este enunciado dramático. Todo el mundo sabe que Misiones –que atraviesa la peor crisis de los últi­mos treinta años– no puede ayudarlos. En realidad, la colonia se está despoblando sola. El año pasado se fueron quince familias, a Posadas, a Buenos Aires, o de regreso al Japón. Este año, otras quince.

En Puerto Rico, el comerciante Osvaldo Brandt explica lo su­cedido:

–Iniciaron cultivos a largo plazo: tung, citrus, madera. Esas plantaciones rinden después de varios años. Se quedaron sin dinero, nadie los financió, debieron vender las máquinas para vivir. Es una lástima porque en poco tiempo más hubieran salido a flote.

En el invierno de 1966, el éxodo general era una certidumbre, a menos que ocurriera un milagro.

EL PÁRAMO

Llegamos por los caminos de la colonia a una chacra reducida a malezal donde vive la familia Nisiuchi. Una choza fabricada con rezagos de láminas de madera (regalo de la cercana laminadora) tiembla a im­pulsos del viento.

El padre está afuera, trabajando. La señora Nisiuchi, vestida con unos pantalones remendados, se encorva al caminar, mira de soslayo con una sonrisa desdentada.

–No hay prata –repite sin cesar, abarcando el desolado paisa­je–. Capuera todo, todo.

Ese "todo" explosivo, casi monosilábico, define el mundo redu­cido a páramo, las esperanzas perdidas en días y noches de trabajo sobre surcos y liños, la miseria ensañada en los seis chicos (dos argenti­nos) que revolotean a su alrededor.

Llegamos después a un increíble, altísimo, desventrado galpón de láminas y paja, que es al mismo tiempo casa, gallinero, secadero de tabaco. Una vieja de cabello blanco y cara dulce se pasea en la bru­mosa penumbra hendida de rayos de sol, extraviada y sola y triste co­mo un fantasma.

–Yendo –dice–. Yendo.

Es lo único que se le entiende antes que vuelva a una elegía in­sondable que recita para ella sola, caminando, tocando los cajones donde ha embalado todas sus cosas, bajo el techo altísimo, las paredes finas como papel por donde se cuela un viento agrio y frío.

Se ríe como una loca cuando descubre a Pablo agazapado tratan­do de fotografiarla. Ahora está sentada en una cama, cosiendo un pe­queño zurrón en que embala su ropa. Se ha puesto anteojos y sigue murmurando esa honda letanía, hasta que de pronto surgen nítidas en castellano esas dos palabras "Marido morir", seguidas nuevamente por el flujo indescifrable: mágoga rokuni... Esta es la señora Yatsuda, olvidada hasta de sí misma, un símbolo, una sombra, regresada a una edad infantil en que canturrea y camina por un prado, allá lejos, y es feliz porque nadie se ha muerto.

Su hijo nos cuenta la misma historia de todos. El tabaco. La lluvia. Setiembre planta tabaco. Marzo cosecha tabaco. Julio vende tabaco. Pe­ro lluvia siempre, lluvia pudre tabaco. Sonríe esa sonrisa inexpugnable, y es tal vez un momento de debilidad lo que tiene cuando dice:

–Aquí, amigos tan pocos.

En la chacra de Yatsuda, la fruta del tung se pudre en el suelo. Los que plantaron y debieron aguardar seis o siete años para cosechar, han contemplado, impotentes, la caída descomunal del precio. Yamato sacó 75.000 pesos por sus dos toneladas de tabaco, pero sus gastos del año ascienden a 200.000. Sasaki obtuvo 240.000 pesos, necesita 350.000. Nomata ha vuelto la espalda a su plantación de yerba, cuya cosecha está prohibida este año y se defiende con un pequeño alma­cén. Yamato, nuevamente, mira su pequeña plantación de yute y dice con resignado humor:

–Con yute hacer piola. Con piola, ahorcar. Pero otros resisten todavía.

LOS QUE SE QUEDAN

Frente a la casa de ladrillos y madera de Hidesaburo Hayashi, se ex­tiende la mancha negra de la fruta del tung tendida a secar. Con su mujer Yoshíe y su hijo Tomotada, tienen dieciocho hectáreas que este año dio su primera cosecha y les permitió asociarse a la tungalera de Santo Pipó. En el establo gruñen veinte cerdos y doce lechones. Los Hayashi admiten que hasta ahora trabajaron solamente para comer, pero el año próximo ha de alcanzarles para desmontar el resto de su chacra.

Ellos están a salvo.

También parece estarlo este anciano salido de una estampa que camina doblado en inverosímil ángulo recto. Se llama Takahei Shin y tiene 75 años. Sus hijos nos dicen que aún no piensan irse. Estuvieron cuatro años en Santo Domingo y se vinieron porque había muchas re­voluciones. El viejito entra en la cocina, se arrima en cuclillas al fue­go donde hierve una olla negra, y la sonrisa con que dice "Gracias" cuando nos vamos parece también animada por un antiguo fuego.

En el patio de la familia Ida hay un jeep, y en el interior de la ca­sa la familia termina de almorzar: la sopa de puerros (misusiru), el arroz con palitos, y a modo de té, un mate cocido verde y transparente en jarritos de porcelana.

Harumi Ida tenía dieciocho años en 1937 cuando fue a pelear a China como soldado raso. Cuatro años después regresó a su patria y quedó de guarnición en Shikoku hasta el fin de la guerra. Cuando vol­vió a su ciudad natal, su casa no existía y su familia había muerto. La ciudad era Hiroshima.

En la casa de Harumi, uno entra con la prisa algo insolente que demanda un fatigado oficio; sale haciendo instintivas reverencias y juntando los pies. Hay algo intangible que va más allá de la certera cortesía de cada movimiento, cada palabra, como si entre estos cam­pesinos la palabra cultura reasumiera su significado original.

Les pedimos que canten y vemos, ya sin asombro, que los cinco miembros de la familia leen música. Ahí están todos juntos alrededor de la mesa, el reposado Harumi, la apacible señora Yoshiko, la her­mosa Yukíe, el serio Ryuske y el joven Shogi pulsando una guitarra. Unidos de pronto en el recuerdo del país que dejaron, cantando con voces tiernas y afinadas a la luna que asoma sobre el viejo castillo en ruinas: Kosyo no tsuki.

La familia Ida llegó hace apenas un año. En ellos las esperanzas están intactas, como los tabiques de madera de su casa, el motor eléc­trico, el jeep, la firme sonrisa de Harumi y sus hijos.

SINICHI Y COMPAÑÍA

En la galería de la escuela, Kasuya Hoka nos habla en un castellano claro aunque sacudido por corrientes eléctricas. Kasuya tiene diez años, una belleza de porcelana y una malicia jocunda y desaforada.

Por el camino se acerca una pequeña silueta, con su portafolios bajo el brazo.

–Ahí viene Sinichi –dice Kasuya.

–Ah –le respondo–. ¿Es tu amigo?

–No –dice Kasuya–. Es Sinichi.

–Pero es tu amigo.

–No –dice Kasuya–. Es mi enemigo.

A diferencia de Kasuya, Sinichi tiene una seriedad impávida. Camina y se mueve con cierta rigidez ceremoniosa que ya es elegan­cia ancestral.

–Buen día, Sinichi –le digo.

Los ojos de Sinichi se dilatan de asombro (no hemos sido pre­sentados). Parece que va a sonreír, pero se contiene y es apenas un gesto imperceptible de diversión e intriga lo que se dibuja en sus la­bios. Hace una pequeña reverencia y contesta:

–Buen día.

Sinichi tiene doce años. Lleva la casaca negra, abotonada hasta el cuello con dorados botones repujados de emblemas, que usan en su país los escolares.

–Así que Kasuya es tu enemigo –le comento.

–No –responde Sinichi–. No es mi enemigo.

–Él dice que sí.

–No –dice Sinichi–. Es medio enemigo. En el Nordeste argentino los maestros rurales están acostumbra­dos a resolver problemas difíciles. Quizá ninguno más arduo que el que se les presentó a los esposos Kiang cuando en 1963 se hicieron cargo de la escuelita provincial número 86, que sirve a la colonia. Cé­sar Kiang es argentino y desciende de japoneses de Okinawa, pero no hablaba una palabra de japonés. Su mujer, Myriam Acevedo, es correntina.

Los chicos no entendían castellano y la comunicación con ellos parecía imposible.

–Les contaba cuentitos, siguiendo el método común –recuerda Myriam–. Yo veía esos ojos enormes y fijos, después los primeros bostezos. No comprendían nada y se aburrían. Apelé a los dibujos y las cosas mejoraron. Pedí diccionarios y poco a poco aprendí el japo­nés. Hoy los chicos de sexto grado estudian con los de primero infe­rior y les sirven de intérpretes.

El hijo mayor de los Kiang tiene ocho y estudia en la misma es­cuela con los sesenta japonesitos. Se llama César Antonio, pero ellos lo han rebautizado Koshi. Resulta curioso oír a este pequeño correntino de pelo rubio hablar en japonés con sus compañeros. Por supuesto Koshi está desarrollando precoces aptitudes filológicas. Gozosamente nos explica que "Aña" quiere decir diablo, tanto en japonés como en guaraní.

El éxodo de la colonia preocupa a los Kiang.

–Ahora que las cosas iban bien en la escuela –comenta Cé­sar– empiezan a irse.

VOCES EN EL CREPÚSCULO

Hay una flor (decía la canción) que crece igual que las demás pero sin que nadie la vea y que muere con lágrimas. Es la flor del primer amor.

Hubo un samurai que volvía de tierras lejanas con su compañero herido y juró morir con él, y al pisar su patria se hizo el harakiri junto al cadáver del guerrero.

Hubo un guardafaro que tenía una hija, y la hija contemplaba to­das las tardes el mar por donde debía venir su prometido que nunca volvió.

La tarde se desgrana en antiguas canciones, lentas y mágicas danzas sobre la roja tierra misionera, brillos de marfil de las manos, belleza hierática de las caras, esplendor de las sedas bajo el último sol. Una sombrilla roja está caída en el suelo. Aíko Kanmuse baila por última vez con sus compañeras. Mañana se irá para Buenos Aires.

En las sombras iniciales de la noche flotan con punzante ironía las palabras extrañas que agradecen a la tierra la buena cosecha. Por­que eso, también, parece ahora una leyenda.